Su voz comenzó a quebrarse.
—En lugar de eso, te traté como si estuvieras obligada a pagarnos todo.
Me llevé una mano a la boca.
—Diego…
—Y lo del crédito estuvo mal. Muy mal. Yo sabía que no te gustaría, por eso no te dijimos nada.
Era la primera vez que mi hijo reconocía lo ocurrido sin buscar una excusa.
—¿Por qué me lo dices ahora? —pregunté.
Tardó unos segundos en responder.
—Porque el otro día tuve que elegir entre pagar la luz y comprar unas cosas que Renata quería. Y cuando le dije que no alcanzaba, me enojé muchísimo.
Hizo una pausa.
—Entonces me acordé de todas las veces que te pedí dinero como si fuera tu obligación resolverme la vida.
Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas.
—Hijo, yo siempre quise ayudarte.
—Lo sé, mamá. Pero me acostumbré tanto que dejé de agradecerte.