Solamente nos devolvería al mismo problema.
Una tarde, mientras preparaba café, mi teléfono sonó.
Era Diego.
Contesté con el corazón acelerado.
—Hola, hijo.
—Hola, mamá.
Su voz sonaba diferente.
Cansada.
—Quería preguntarte cómo estás.
Me sorprendió.
Durante semanas, todas sus llamadas habían empezado con alguna petición.
—Estoy bien. ¿Y ustedes?
—Ahí vamos. Trabajando mucho.
Me contó que estaba haciendo horas extras y que habían conseguido ponerse al corriente con dos de sus deudas más pequeñas.
Renata había empezado a vender ropa y accesorios por internet.
No era mucho, pero estaban intentando organizarse.
Después guardó silencio.
—Mamá… estuve pensando en lo que pasó en el hospital.
Sentí un nudo en la garganta.
—Te escucho.
—Renata estaba agotada. Había tenido un parto difícil. Pero eso no justifica cómo te hablamos.
No dije nada.
—Yo pude pedirte que salieras con respeto. Pude acompañarte, dejar que vieras al bebé después o simplemente darte las gracias por todo lo que hiciste.