“¡Fuera de aquí, ahora mismo!”, gritó mi nuera cuando intenté acercarme a la cuna de mi primer nieto. Mi hijo me ordenó respetar los límites de su esposa, aunque llevaban tres años viviendo gratis en mi departamento. Solo respondí: “Está bien”. Al regresar a casa, encontré una carpeta que revelaba por qué tenían tanta prisa por recibir mi propiedad…

Una tarde reservé tres noches en Oaxaca, un viaje que había pospuesto durante años.

Pero no voy a fingir que todo era perfecto.

Extrañaba muchísimo a mi hijo.

Y me dolía no conocer realmente a mi nieto.

Algunas noches abría la fotografía que la enfermera había tomado del bebé el día de su nacimiento, antes de que Renata me pidiera salir.

La miraba hasta que se me llenaban los ojos de lágrimas.

Me preguntaba si algún día podría cargarlo.

Si escucharía su primera palabra.

Si llegaría a llamarme abuela.

Hubo momentos en que estuve a punto de llamar a Diego y ofrecerle otra vez mi ayuda.

Pero entonces recordaba aquella hoja escrita por Renata.

“No hablar de esto con Elena hasta que quede firmado”.

Y comprendía que regresar a nuestra antigua relación no solucionaría nada.

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