Una tarde reservé tres noches en Oaxaca, un viaje que había pospuesto durante años.
Pero no voy a fingir que todo era perfecto.
Extrañaba muchísimo a mi hijo.
Y me dolía no conocer realmente a mi nieto.
Algunas noches abría la fotografía que la enfermera había tomado del bebé el día de su nacimiento, antes de que Renata me pidiera salir.
La miraba hasta que se me llenaban los ojos de lágrimas.
Me preguntaba si algún día podría cargarlo.
Si escucharía su primera palabra.
Si llegaría a llamarme abuela.
Hubo momentos en que estuve a punto de llamar a Diego y ofrecerle otra vez mi ayuda.
Pero entonces recordaba aquella hoja escrita por Renata.
“No hablar de esto con Elena hasta que quede firmado”.
Y comprendía que regresar a nuestra antigua relación no solucionaría nada.