Me quedé ahí varios minutos.
Después llamé a un cerrajero para cambiar las cerraduras, ahora que el inmueble había sido entregado formalmente.
Mientras trabajaba, me preguntó:
—¿Va a rentar el departamento, señora?
Miré alrededor.
—Todavía no lo sé.
Y era verdad.
Por primera vez en mucho tiempo no tenía que tomar una decisión pensando en lo que Diego o Renata querían.
Podía rentarlo.
Podía venderlo.
Podía remodelarlo para mí.
Incluso podía dejarlo vacío unos meses mientras decidía.
Era mi propiedad.
Y tener derecho a decidir sobre ella me produjo una tranquilidad que había olvidado.
Pasaron casi dos meses.
Mi vida comenzó a cambiar.
Con el dinero que ya no destinaba a cubrir los gastos de Diego, terminé de pagar una deuda pequeña y compré un colchón nuevo.
Volví a salir a desayunar con mis amigas.