Por la ilusión de conocer a mi nieto que todavía seguía pendiente.
Y también lloré porque, por primera vez, mi hijo parecía comprender algo que ningún cheque podía enseñarle.
Hoy sigo viviendo en mi pequeño departamento de la Narvarte.
La propiedad de mis padres continúa a mi nombre.
Todavía no he decidido qué haré con ella.
Diego y Renata siguen aprendiendo a vivir con sus propios ingresos. Nuestra relación no se ha reparado de la noche a la mañana, y tampoco he vuelto a ver a mi nieto desde aquella mudanza.
Pero mi hijo ha empezado a llamarme sin pedirme dinero.
A veces solamente pregunta si ya comí, cómo me fue en el trabajo o si necesito algo.
Pueden parecer cosas pequeñas.
Para mí significan muchísimo.
No sé cuándo volveré a abrazarlo ni cuándo podré cargar finalmente a su pequeño hijo.