—Bastante.
—Dime la cantidad.
—Entre las tarjetas, el coche y algunos préstamos… unos 580 mil pesos.
Sentí un escalofrío.
—¿Quinientos ochenta mil?
Asintió.
—Queríamos consolidar todo con el crédito del departamento. Las mensualidades iban a ser más cómodas.
—¿Y si no podían pagar?
—Sí podíamos.
—¿Con qué dinero, Diego? Si ni siquiera han podido hacerse cargo del mantenimiento de la casa.
No contestó.
—¿Pensabas poner en riesgo la propiedad que mis padres trabajaron toda su vida para comprar?
—¡Pero tú nos la ibas a regalar!
—Regalarte una casa para vivir no significa autorizarte a convertirla en garantía de tus deudas.
Se pasó las manos por la cara.
Entonces dijo algo que terminó de abrirme los ojos.
—Renata me dijo que, si no conseguíamos dinero para cambiar la camioneta y remodelar, iba a regresar con su mamá.
Lo miré fijamente.
—¿Me estás diciendo que pusiste en juego la casa de tus abuelos para evitar que tu esposa se enojara contigo?