“Una verdadera madre tampoco debería utilizar a su hijo para conseguir dinero”.
No volvió a escribirme aquella noche.
A la mañana siguiente, Diego apareció en la puerta de mi pequeño departamento de la Narvarte.
Yo estaba tomando café cuando escuché que golpeaba desesperadamente.
Abrí.
Tenía los ojos rojos y el cabello desordenado.
—¡Mamá, tienes que arreglar esto!
—Buenos días, Diego.
—No estoy para bromas. Nos dan de alta en tres horas. Renata está furiosa. Dice que arruinaste el nacimiento de nuestro hijo.
Lo dejé pasar.
Se sentó frente a mí y comenzó a hablar sin detenerse.
Que el hospital había sido muy caro.
Que estaban pagando la camioneta.
Que Renata necesitaba recuperarse.
Que tener un recién nacido era complicado.
Que yo no entendía la presión que sentían.
Lo escuché hasta que terminó.
—Diego, ¿cuánto deben realmente?
Bajó la mirada.