El tercer día, Alma despertó. Preguntó por su muñeca de trapo y luego por su mamá. Antes de que se agotara, le enseñé la pulsera.
—¿Quién te la dio?
—Mamá. Dice que un doctor se la hizo cuando estaba contenta.
Me tuve que sujetar del respaldo para no caerme. Lucía había guardado algo nuestro y se lo había dado a la hija que nunca me mencionó.
Conseguí comunicarme con ella por medio de la fiscalía, no por un teléfono antiguo. Cuando oyó mi nombre guardó silencio. Luego escuché un sollozo que no parecía dirigido a mí.
—¿Alma está viva? Octavio me dijo que murió durante el traslado a otro hospital. No me deja ver ningún documento.
—Está viva. La operaron y sigue recuperándose. Necesito saber por qué estaba en un costal frente a mi casa.
—No lo sé, Julián. Te lo juro. Yo estaba con mi madre en Tepatitlán. Regresé cuando me avisaron que Alma había empeorado.