En el teléfono de Ernesto encontraron un mensaje de Octavio con la ubicación de la cabaña. Había una ruta y una instrucción verificables, no solo mi testimonio.
Entendí la crueldad de lo que pudo haber planeado. Octavio le dijo a Lucía que Alma había muerto y la dejó frente a la casa del cirujano condenado por una muerte. Si fallecía allí, yo sería el primer sospechoso. Si sobrevivía, podía acusarme de retenerla. La fiscalía tendría que probar esa intención, pero las coincidencias eran terribles.
Pedí que investigaran esa hipótesis y protegieran a Lucía y a Alma. No quería otra condena sustentada solo en sospechas.
Un mes después enfrenté a Octavio en una diligencia. Nos acompañaban nuestros abogados.
—Arruinaste tu vida por no saber obedecer —me dijo cuando nuestros representantes revisaban unos documentos.