—Yo sí sé cuándo dejaste de preguntarme a mí.
Se le llenaron los ojos de lágrimas. No retiré mis palabras. Mi hija necesitaba a su madre, pero eso no convertía el silencio de cuatro años en una decisión pequeña.
Mi abogada, Paula Ríos, y yo entregamos a la fiscalía una cronología que preparé: cirugía, deterioro, falsa noticia de muerte y abandono. Exigí que compararan las horas documentadas, no el prestigio de los declarantes.
La fiscalía obtuvo los resultados originales del laboratorio, conservados fuera del expediente clínico. Revelaban una infección creciente, aunque las notas médicas describían una recuperación normal. Un peritaje relacionó el retraso en atenderla con su estado crítico. Había que demostrar hechos, omisiones y consecuencias, no limitarse a llamarlo mal cirujano.
Don Gaspar describió la camioneta. Los investigadores revisaron registros de combustible y localizaron el vehículo que utilizaba Octavio. Su conductor, Ernesto, declaró con abogado: recogió a Alma en una salida lateral de la clínica y la dejó frente a mi cabaña. Alegó que le prometieron una ambulancia. Pero admitió que la niña apenas respondía y que se marchó sin tocar.