—Víctor, ya tengo los cuatrocientos setenta mil. Pasa por mí en diez minutos.
Hablaba con una tranquilidad espantosa.
Karla me acompañó de regreso. Yo había avisado nuevamente a la Fiscalía; dos agentes que estaban cerca acudieron al edificio. Los esperé en la planta baja y subí cuando vi que Ofelia se dirigía a la puerta.
—¡Doña Ofelia! —dije, fingiendo sorpresa—. Qué bueno encontrarla. ¿Vino a buscarnos?
Dio un paso atrás y apretó la bolsa.
—Vine a revisar que todo estuviera bien después del robo.
—Qué considerada. Pase, le preparo un café.
—No, hija, tengo prisa.
—Entonces explíqueme por qué trae una bolsa tan pesada.
Se le endureció la cara.
—Son cosas mías. No tengo que darte explicaciones.
—¿Está segura de que todo lo que lleva es suyo?
Intentó rodearme, pero no la toqué. Me quedé junto a la puerta y le dije que había policías en el edificio. Sus ojos se llenaron de rabia.