Encontré a mi suegra saliendo de mi departamento con una bolsa llena de mis 470,000 pesos. Cuando le exigí una explicación, contestó: “Mi hijo dijo que podía tomar lo que quisiera”. No intenté quitarle la bolsa ni levantar la voz. Sólo le pregunté si estaba segura de eso, porque mi celular había grabado una conversación que podía cambiarlo todo.

Dejé la cámara enfocando la lata y, durante la cena, le dije a Daniel dónde la había puesto.

—¿En una lata? —preguntó.

—¿A quién se le ocurriría buscar tanto dinero entre el café y el arroz?

Daniel no respondió. Al rato se encerró en el baño con su celular.

La mañana del viernes le dije que tenía una visita con clientes y salí a la hora de siempre. En realidad me reuní con Karla cerca del edificio. Los investigadores conocían el plan y tenían los videos y la denuncia.

A las doce y siete recibí una alerta.

Doña Ofelia entró con su copia de la llave y una bolsa deportiva. Fue a la cocina y revisó los gabinetes.

Cuando encontró la lata de café, sonrió.

—Aquí estás, condenada —murmuró.

Sacó los fajos, los metió a su bolsa y llamó por teléfono.

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