Víctor acababa de entrar a nuestro departamento. Fue directo a la caja fuerte, se llevó el sobre y salió con una mochila negra.
Me quedé mirando la pantalla. Ofelia estaba sentada frente a mí, cortando una manzana.
—¿Todo bien, hija? —preguntó.
—Sí. Es un pendiente del trabajo.
Esa mujer me había cuidado cuando tuve influenza. Ahora me entretenía para que un extraño robara mi casa.
Avisé al contacto que me habían dado en la Fiscalía y envié el nuevo video. El localizador señaló más tarde una casa rentada en las afueras de la ciudad. Los investigadores recibieron la ubicación y me advirtieron que no fuera a buscarlo.
De regreso, Daniel fingió sorprenderse cuando le mostré la caja abierta.
—¡Nos metieron a robar! —exclamó—. ¡Hay que llamar a la policía!
—Ya lo hice —respondí.
Vi cómo se le borraba el color del rostro.