Encontré a mi suegra saliendo de mi departamento con una bolsa llena de mis 470,000 pesos. Cuando le exigí una explicación, contestó: “Mi hijo dijo que podía tomar lo que quisiera”. No intenté quitarle la bolsa ni levantar la voz. Sólo le pregunté si estaba segura de eso, porque mi celular había grabado una conversación que podía cambiarlo todo.

—Esto ya no es una discusión entre nuera y suegra —me dijo—. Hay indicios de varios delitos. Y tú no debes enfrentarte sola a esas personas.

Esa misma tarde presentamos la denuncia en la Fiscalía. Entregué copias de los videos y señalé el lugar donde el hombre había fotografiado la cerradura. Un agente me recomendó conservar los archivos originales y avisar si los sospechosos regresaban. Me advirtió que la investigación tomaría tiempo.

En la caja fuerte tenía 180,000 pesos y otros 470,000 en el banco. Deposité casi todo el efectivo y dejé un sobre con diez mil pesos y un pequeño localizador. No iba a entregarles mis ahorros.

El miércoles viajamos a Chapala. Ofelia nos recibió con café de olla, abrazos y una lista de tareas. Sonreía como si no estuviera pasando nada.

A las once y veinte, mi teléfono vibró.

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