Encontré a mi suegra saliendo de mi departamento con una bolsa llena de mis 470,000 pesos. Cuando le exigí una explicación, contestó: “Mi hijo dijo que podía tomar lo que quisiera”. No intenté quitarle la bolsa ni levantar la voz. Sólo le pregunté si estaba segura de eso, porque mi celular había grabado una conversación que podía cambiarlo todo.

Hubo una pausa.

Después escuché las palabras que me rompieron el corazón:

—No quiero que ella se entere de que yo te ayudé.

Apagué el video con las manos temblando.

Mi suegra estaba preparando un robo.

Y el hombre con el que dormía todas las noches parecía estar ayudándola.

Lo peor era que el miércoles faltaban apenas dos días.

PARTE 3

El martes amanecí con los ojos hinchados. Daniel estaba preparando café como si nuestra vida siguiera siendo normal.

—Mañana salimos temprano —me avisó—. Mi mamá dice que hay que arreglar una fuga de agua antes de las lluvias.

Lo miré sin entender cómo podía fingir tanta tranquilidad.

—¿Y tu mamá va a estar allá todo el día? —pregunté.

—Claro. ¿Por qué?

—Por nada.

En cuanto salió, llamé a Karla, una abogada que había asesorado a mi empresa. Le mostré las grabaciones, el estado de cuenta y las fotografías de mi broche. Se quedó seria cuando escuchó la llamada de Daniel.

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