En el semáforo, un niño me suplicó: “¿Puedo limpiar su coche? Mi mamá tiene que pagar una pared”. Mi esposa lo reconoció y se puso pálida. “¡Arranca ya!”, me exigió. Después de 37 años casados, decidí no obedecerla por primera vez. Me bajé, escuché al pequeño y descubrí que aquella pared podía destapar una mentira capaz de destruir nuestro matrimonio…

—Clemente, todavía te debo doce mil pesos. Primero arreglemos ese pendiente y luego seguimos hablando.

El plomero mantuvo la mirada firme.

—Lo que usted me debe no cambia lo que encontré.

A petición de Cristina redactó una aclaración por escrito, incluyendo ambas órdenes, las fotografías y la recomendación aplazada. Lourdes le ayudó a revisar que estuvieran todas las fechas.

Cristina sujetó las copias como si todavía temiera que alguien se las arrebatara.

—Quiero que me devuelva mi depósito y retire los otros diez mil pesos que me exige —dijo—. No voy a firmar que dañé una tubería que ya estaba mal antes de que yo llegara.

Por primera vez, mi esposa no tuvo una respuesta inmediata.

Salimos sin llegar a un acuerdo.

En el coche, Beatriz se quedó mirando al frente. Al llegar a casa arrojó su carpeta sobre la mesa.

—Me hiciste quedar como una ladrona delante de todos.

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