PARTE 2
Dos días después entré al albergue con una vergüenza que no sabía dónde acomodar. Cristina Ríos tenía treinta y cinco años y ojeras de quien lleva demasiado tiempo durmiendo a medias. Lourdes permaneció junto a ella. Nicolás estaba en su actividad; ninguno quería meterlo en una discusión de adultos.
—Antes de enseñarle nada, necesito saber algo —dijo Cristina—. ¿Viene a convencerme de firmar?
—No. Vengo a escuchar.
Deslizó un documento sobre la mesa. Mi esposa le había retenido diez mil pesos de depósito y le reclamaba otros diez mil por supuestos daños. A cambio de que Cristina firmara que había causado los desperfectos, Beatriz ofrecía perdonarle los diez mil adicionales. El depósito, por supuesto, no lo devolvería.
—Ella lo llama un favor —murmuró Cristina—. Yo lo llamo aceptar una mentira para que deje de perseguirme.