Al noveno le mandé un mensaje:
«Estoy bien. Cuando quieras hablar conmigo sin repetir las órdenes de tu padre, aquí estaré».
Después guardé el celular y abrí mis apuntes.
Tenía un examen importante por delante.
Y no pensaba permitir que Jacinto, Adriana o Rubén me quitaran también ese futuro.
Una semana después llegó la queja.
El encargado de asuntos vecinales del municipio me citó porque Rubén aseguraba que yo estaba ofreciendo reparaciones eléctricas sin la preparación necesaria.
Jacinto había respaldado la acusación.
Cuando vi su firma en el documento, sentí una tristeza distinta.
Ya no era el dolor de una esposa abandonada.
Era la decepción de descubrir hasta dónde podía llegar alguien que alguna vez me había prometido protegerme.
—Señora Teresa —me explicó el funcionario—, aquí dicen que usted anda haciendo instalaciones y cobrando por ellas.