Pero ninguna discusión justificaba lo que había hecho.
—Tal vez fui una esposa difícil, Adriana. Tal vez tu padre también tuvo motivos para sentirse infeliz. Pero eso no le daba derecho a dejarme una casa llena de cables peligrosos, ni a utilizarte para castigarme.
Mi hija bajó la mirada.
—Pensé que cuando regresara todo volvería a ser como antes.
—Ese es precisamente el problema. Tú quieres que vuelva a ser como antes. Yo ya no.
En ese momento apareció Sofía con una corona de papel.
—Abuelita, ¿ya vamos a comer pastel?
Me agaché para abrazarla.
—Tú sí, mi cielo. Yo tengo que irme.
Salí del departamento sin probar un solo bocado.
Adriana me siguió hasta las escaleras.
—¡Mamá, espera! ¡No puedes romper una familia por orgullo!
Me detuve.
—Yo no estoy rompiendo nada, hija. Estoy recogiendo los pedazos de lo que ustedes rompieron.
Durante los siguientes ocho días no contesté sus llamadas.