El sábado que mi marido me abandonó por su amante, arrancó hasta el timbre de nuestra casa. “Todo esto lo instalé yo, así que me lo llevo”, gritó delante de los vecinos. Después de 39 años juntos, no le supliqué que volviera. A mis 61 años tomé una decisión que lo hizo reír, hasta que su nueva pareja necesitó ayuda urgentemente.

PARTE 2

Durante tres días no pude dormir bien.

No era únicamente por los apagadores faltantes. Era por la humillación de descubrir que Jacinto me consideraba una mujer incapaz de sobrevivir sin sus manos.

Entonces recibí una videollamada de Diego, mi nieto de veintiún años.

Trabajaba como ayudante de electricista en Monterrey y Adriana le había contado lo sucedido.

—Abuela, ¿es cierto que mi abuelo desmanteló la instalación?

Le mostré las paredes.

Diego dejó de sonreír.

—No toques nada. Eso necesita una revisión completa. Voy a ayudarte a encontrar un buen curso y, mientras tanto, cualquier reparación debe hacerla alguien preparado.

—¿Un curso? Diego, tengo sesenta y un años.

—¿Y qué? A tu edad puedes aprender cosas que a mí todavía me cuestan.

Aquellas palabras me recordaron algo que llevaba décadas enterrado.

Cuando recién nos casamos, intenté arreglar una plancha descompuesta. Jacinto se burló delante de sus hermanos.

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