«¡Miren, ahora mi mujer quiere ser ingeniera!».
Todos rieron.
Desde entonces, cada vez que algo se descomponía, yo esperaba que él lo reparara.
No porque fuera incapaz.
Porque me había acostumbrado a creerlo.
Una semana después me inscribí en un curso de instalaciones eléctricas en un centro de capacitación para el trabajo, en Toluca.
Cuando Rubén se enteró, se rio frente a la tienda.
—Doña Teresa, mejor dedíquese a sus tamales. La electricidad no es para señoras de su edad.
No respondí.
En el curso conocí a muchachos que podrían haber sido mis nietos. Al principio me miraban con curiosidad, pero pronto comenzaron a pedirme mis apuntes.
Yo siempre había sido ordenada. Treinta años trabajando entre libros me habían enseñado a observar detalles.
También conocí a Mateo, un vecino que había trabajado en mantenimiento industrial antes de perder movilidad en varios dedos durante un accidente.