El sábado que mi marido me abandonó por su amante, arrancó hasta el timbre de nuestra casa. “Todo esto lo instalé yo, así que me lo llevo”, gritó delante de los vecinos. Después de 39 años juntos, no le supliqué que volviera. A mis 61 años tomé una decisión que lo hizo reír, hasta que su nueva pareja necesitó ayuda urgentemente.

«¡Miren, ahora mi mujer quiere ser ingeniera!».

Todos rieron.

Desde entonces, cada vez que algo se descomponía, yo esperaba que él lo reparara.

No porque fuera incapaz.

Porque me había acostumbrado a creerlo.

Una semana después me inscribí en un curso de instalaciones eléctricas en un centro de capacitación para el trabajo, en Toluca.

Cuando Rubén se enteró, se rio frente a la tienda.

—Doña Teresa, mejor dedíquese a sus tamales. La electricidad no es para señoras de su edad.

No respondí.

En el curso conocí a muchachos que podrían haber sido mis nietos. Al principio me miraban con curiosidad, pero pronto comenzaron a pedirme mis apuntes.

Yo siempre había sido ordenada. Treinta años trabajando entre libros me habían enseñado a observar detalles.

También conocí a Mateo, un vecino que había trabajado en mantenimiento industrial antes de perder movilidad en varios dedos durante un accidente.

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