El sábado que mi marido me abandonó por su amante, arrancó hasta el timbre de nuestra casa. “Todo esto lo instalé yo, así que me lo llevo”, gritó delante de los vecinos. Después de 39 años juntos, no le supliqué que volviera. A mis 61 años tomé una decisión que lo hizo reír, hasta que su nueva pareja necesitó ayuda urgentemente.

—Todavía no ofrezco servicios. Estoy estudiando. Y no he cobrado por trabajos eléctricos.

Mostré mis comprobantes de inscripción y las fechas del curso.

El funcionario revisó todo.

—Mientras no tenga la capacitación correspondiente, no acepte trabajos que impliquen riesgos. Si después quiere ofrecer el servicio formalmente, regularice su actividad y respete las normas aplicables.

—Eso es exactamente lo que pienso hacer.

Al salir me encontré con Rubén, sentado frente a una tienda.

—¿Qué pasó, doña Teresa? ¿Ya le quitaron las ganas de jugar a la electricista?

Lo miré sin detenerme.

—Todavía no termino de estudiar, Rubén. Pero el día que termine, no vas a tener que creerme. Mi trabajo hablará por mí.

Aquella noche tuve una llamada que me hizo comprender por qué necesitaba terminar cuanto antes.

Era Claudia, una mujer que vivía con sus dos hijos en una casa rentada al otro extremo del barrio.

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