El sábado que mi marido me abandonó por su amante, arrancó hasta el timbre de nuestra casa. “Todo esto lo instalé yo, así que me lo llevo”, gritó delante de los vecinos. Después de 39 años juntos, no le supliqué que volviera. A mis 61 años tomé una decisión que lo hizo reír, hasta que su nueva pareja necesitó ayuda urgentemente.

Encendí la motoneta.

Por el espejo vi a Jacinto parado junto a la fonda, sosteniendo una bolsa de ropa y una lata llena de tornillos.

La última vez que lo había visto marcharse así, yo me había quedado llorando frente a mi casa.

Esta vez fui yo quien se alejó.

Y no derramé una sola lágrima.

Una semana después, Diego regresó de Monterrey para pasar unos días con nosotros.

Adriana y Sofía llegaron poco después.

Mi hija traía una caja de galletas.

—Mamá, sé que pedirte perdón no borra lo que hice. Pero quiero seguir intentando recuperar tu confianza.

Tomé la caja.

—Las galletas te las acepto hoy. La confianza tendremos que reconstruirla con tiempo.

Adriana sonrió entre lágrimas.

Nos abrazamos.

En la cocina, Diego sacó un paquete de su mochila.

Era un cinturón de herramientas con compartimentos para desarmadores, pinzas y otros instrumentos.

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