Encendí la motoneta.
Por el espejo vi a Jacinto parado junto a la fonda, sosteniendo una bolsa de ropa y una lata llena de tornillos.
La última vez que lo había visto marcharse así, yo me había quedado llorando frente a mi casa.
Esta vez fui yo quien se alejó.
Y no derramé una sola lágrima.
Una semana después, Diego regresó de Monterrey para pasar unos días con nosotros.
Adriana y Sofía llegaron poco después.
Mi hija traía una caja de galletas.
—Mamá, sé que pedirte perdón no borra lo que hice. Pero quiero seguir intentando recuperar tu confianza.
Tomé la caja.
—Las galletas te las acepto hoy. La confianza tendremos que reconstruirla con tiempo.
Adriana sonrió entre lágrimas.
Nos abrazamos.
En la cocina, Diego sacó un paquete de su mochila.
Era un cinturón de herramientas con compartimentos para desarmadores, pinzas y otros instrumentos.