En la calle hacía frío.
—Teresa —murmuró—, ¿puedes llevarme a casa de Rubén?
Miré mi motoneta.
Después lo miré a él.
—Solo tiene lugar para una persona.
—Puedo ir atrás con cuidado.
—Jacinto, tú mismo decías que una mujer manejando era un peligro.
Él permaneció callado.
Abrí la caja de herramientas y saqué la lata de café.
Se la entregué.
—Aquí están tus tornillos. Ya no los necesito.
Jacinto la sostuvo sin saber qué decir.
—Teresa, yo…
—No tienes que explicarme nada. Durante años creí que sin ti no podía mantener mi casa funcionando. Esta noche acabas de descubrir que tú tampoco puedes arreglarlo todo.
Me puse el casco.
Antes de arrancar, agregó:
—¿Y si te pidiera otra oportunidad?
Lo miré por última vez.
—Te pediría que primero aprendieras a respetar a las personas. Pero no voy a regresar a ser la mujer que necesitaba tu permiso para vivir.