Tenía una pequeña placa bordada:
«TERESA RAMÍREZ — ELECTRICISTA».
Me quedé observándolo.
—Diego, esto debió costarte mucho.
—Abuela, tú me enseñaste a leer cuando era niño. Ahora me toca celebrar todo lo que aprendiste tú.
No pude evitar llorar.
Pero eran lágrimas diferentes.
Sofía apareció cargando una lámpara pequeña.
—Abuelita, ¿me ayudas? Ya no prende.
La tomé y sonreí.
—Claro, mi cielo. Primero vamos a revisar qué tiene.
Diego se sentó a nuestro lado.
Adriana preparó café.
Y por primera vez en mucho tiempo, aquella casa volvió a sentirse como un hogar.
No porque Jacinto hubiera regresado.
Sino porque ya no necesitábamos vivir esperando su regreso.
Sobre una repisa de la cocina coloqué la antigua tapa con el sol amarillo que Diego había pegado dieciséis años atrás.
Ya no servía como contacto eléctrico.
Pero seguía siendo uno de mis tesoros.