El sábado que mi marido me abandonó por su amante, arrancó hasta el timbre de nuestra casa. “Todo esto lo instalé yo, así que me lo llevo”, gritó delante de los vecinos. Después de 39 años juntos, no le supliqué que volviera. A mis 61 años tomé una decisión que lo hizo reír, hasta que su nueva pareja necesitó ayuda urgentemente.

Entonces observé una lata metálica sobre un estante.

Era una vieja lata de café.

En su tapa todavía podía leerse la letra de Jacinto:

«Cocina. Sala. Recámara».

La misma lata que me había fotografiado casi un año atrás.

La tomé y la coloqué sobre la mesa.

—¿Todavía guardas esto, Jacinto?

Él bajó los ojos.

Norma se acercó.

—¿Qué contiene?

—Los tornillos de mi casa —respondí—. Los guardó para volver a instalarlos cuando yo le suplicara que regresara.

Norma miró a Jacinto.

—¿Por eso no querías tirar esa lata?

Nadie respondió.

—Me dijiste que Teresa iba a rogarte y que después decidirías qué hacer —continuó Norma—. Pero también me prometiste que mi negocio iba a crecer con tu ayuda. ¡Y casi lo quemas!

Jacinto golpeó suavemente la mesa.

—¡Las dos están exagerando!

Norma se irguió.

—No, Jacinto. Lo que pasa es que tú creíste que podías decidir por las dos.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *