Lo miré.
—¿Y después de que empezó a calentarse?
—Le puse cinta. Pensé que aguantaría.
Norma se llevó las manos a la cabeza.
—¡Te dije que olía a quemado desde la semana pasada!
Jacinto intentó justificarse.
—Siempre he hecho las reparaciones así.
—Pues esta vez casi me cuesta todo el negocio —respondió ella.
Mientras revisábamos los contactos próximos, vi algo que me dejó inmóvil.
Había una pequeña calcomanía amarilla con forma de sol pegada sobre una tapa.
La reconocí inmediatamente.
Diego la había colocado en la cocina de mi casa cuando tenía cinco años.
Aquel día me dijo que quería regalarme un sol para que nunca estuviera oscuro mientras preparaba la cena.
Durante dieciséis años aquella calcomanía había permanecido allí.
Hasta que Jacinto arrancó el contacto.
Y ahora estaba en la cocina de Norma.