El sábado que mi marido me abandonó por su amante, arrancó hasta el timbre de nuestra casa. “Todo esto lo instalé yo, así que me lo llevo”, gritó delante de los vecinos. Después de 39 años juntos, no le supliqué que volviera. A mis 61 años tomé una decisión que lo hizo reír, hasta que su nueva pareja necesitó ayuda urgentemente.

Le mostré mi identificación del negocio.

—Lo tienes enfrente. Y viene otro técnico conmigo.

Norma salió de la cocina con el cabello desordenado.

—¡No puede ser! ¡Yo pedí un profesional!

—Puede contratar a alguien más si lo prefiere —respondí.

En ese instante se escuchó un ruido proveniente de la cocina.

Norma miró hacia los congeladores apagados.

—No. Entre. Por favor.

El olor a plástico quemado nos recibió apenas cruzamos la puerta.

En una pared, detrás de uno de los congeladores, había un contacto completamente ennegrecido.

El plástico estaba deformado por el calor.

Mi compañero revisó la zona mientras yo localizaba el circuito afectado y comprobábamos que estuviera desenergizado.

La falla era grave.

Había conexiones improvisadas con materiales incompatibles y señales evidentes de sobrecalentamiento.

—¿Quién hizo esta instalación? —pregunté.

Jacinto levantó ligeramente la mano vendada.

—Yo arreglé esa parte hace unos meses.

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