El sábado que mi marido me abandonó por su amante, arrancó hasta el timbre de nuestra casa. “Todo esto lo instalé yo, así que me lo llevo”, gritó delante de los vecinos. Después de 39 años juntos, no le supliqué que volviera. A mis 61 años tomé una decisión que lo hizo reír, hasta que su nueva pareja necesitó ayuda urgentemente.

Durante unos segundos permanecí callada.

—¿Me escucha? —preguntó impaciente.

—Perfectamente. Dígame la dirección.

Mateo me observó mientras anotaba.

Cuando colgué, le dije de quién se trataba.

—No tienes obligación de ir —respondió.

Me quedé mirando el casco que descansaba sobre la mesa.

—Lo sé. Pero tampoco voy a permitir que aquella mujer decida cómo hago mi trabajo.

Solicité apoyo de un colega para la revisión, porque Norma describía daños importantes.

Le expliqué por teléfono las condiciones del servicio nocturno y que cualquier reparación adicional requeriría su autorización.

Aceptó.

Cuarenta minutos después estábamos frente a la fonda.

Jacinto se encontraba sentado junto a la entrada, alumbrándose con su celular.

Tenía una mano envuelta en un trapo.

Cuando me vio bajar de la motoneta, se puso de pie.

—¿Tú?

—Buenas noches, Jacinto.

—¿Dónde está el electricista?

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