Nos abrazamos.
No resolvimos treinta y nueve años de historia familiar aquella tarde.
Pero fue el comienzo.
En octubre, casi un año después de que Jacinto abandonara la casa, recibí una llamada a las siete cuarenta de la noche.
Mateo estaba revisando nuestra agenda.
—Teresa, una señora de la zona del mercado necesita atención urgente. Dice que se quedó sin electricidad en su negocio y tiene mucha mercancía congelada.
—¿Ya llamó a su compañía de luz?
—Sí. Le confirmaron que hay suministro en la calle. El problema parece estar dentro del local.
Tomé el teléfono.
—Buenas noches, habla Teresa Ramírez. ¿En qué puedo ayudarla?
Una voz nerviosa respondió:
—Tengo tres congeladores sin funcionar. Hay más de cuarenta mil pesos en mercancía. ¡Necesito que venga inmediatamente!
Reconocí aquella voz.
Era Norma.
La mujer por quien Jacinto me había abandonado.