El sábado que mi marido me abandonó por su amante, arrancó hasta el timbre de nuestra casa. “Todo esto lo instalé yo, así que me lo llevo”, gritó delante de los vecinos. Después de 39 años juntos, no le supliqué que volviera. A mis 61 años tomé una decisión que lo hizo reír, hasta que su nueva pareja necesitó ayuda urgentemente.

Yo acudía con mi uniforme, mis herramientas y un pequeño cuaderno donde Mateo anotaba cada servicio.

Los sábados separábamos dinero para impuestos, materiales y gastos del negocio.

El resto lo repartíamos según el trabajo de cada uno.

Por primera vez en muchos años, mi pensión no era mi única fuente de ingresos.

Hasta pude comprarme una motoneta usada para moverme por el municipio.

Cuando llegué manejándola a casa de doña Mercedes, casi se le cae la bolsa del mandado.

—¡Teresa! ¡Pareces astronauta con ese casco!

—Pues astronauta, pero con las llantas pegadas al suelo.

Nos reímos durante varios minutos.

Jacinto también se enteró.

Un día lo vi frente a la farmacia.

Estaba más delgado y llevaba la misma chamarra que había usado cuando se marchó.

Me observó mientras estacionaba.

—¿Ahora también manejas moto?

—Desde hace cuatro meses.

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