—Siempre has sido muy terca.
—Y tú siempre has confundido terquedad con no obedecerte.
No respondió.
Miró mi caja de herramientas y después mi uniforme.
—Norma dice que te estás aprovechando de la gente cobrando reparaciones.
—Dile que puede contratar a Rubén.
Arranqué la motoneta.
Y por primera vez no sentí necesidad de explicarle nada más.
Adriana tardó varios meses en volver a buscarme.
Primero mandaba mensajes sobre Sofía.
Después comenzó a preguntarme por mis clases, mis clientes y mis horarios.
No era fácil recuperar la confianza.
La amaba.
Pero había escuchado su voz planeando que me quedara sin dinero para obligarme a recibir a Jacinto.
Eso no desaparecía con una disculpa rápida.
Una tarde me escribió:
«Mamá, ¿podemos hablar? Sin papá. Solo tú y yo».
Acepté recibirla el domingo.
Llegó con Sofía y una caja de pan dulce.