Y cada cliente recibía una explicación clara de lo que se haría y cuánto costaría.
Una tarde apareció doña Mercedes con trescientos pesos en la mano.
—Mija, vengo a pagarte lo que te debo.
—Pero si todavía no he ido a tu casa.
—No, es por haberme ayudado a encontrar quién reparara el calentador de mi hermana.
Le devolví el dinero.
—Eso fue un favor, Mercedes.
Mi vecina me abrazó.
—Tu marido decía que sin él no sabrías ni cambiar un foco. Mira nada más en lo que te convertiste.
Fue la primera vez que escuché aquella frase sin sentir rabia.
Con los meses, el teléfono comenzó a sonar cada vez más.
Había clientes que me buscaban porque les explicaba los problemas sin tratarlos como ignorantes.
Otros llegaban por recomendación.
Algunas mujeres mayores decían que se sentían más cómodas dejando entrar a una señora de su edad.