El sábado que mi marido me abandonó por su amante, arrancó hasta el timbre de nuestra casa. “Todo esto lo instalé yo, así que me lo llevo”, gritó delante de los vecinos. Después de 39 años juntos, no le supliqué que volviera. A mis 61 años tomé una decisión que lo hizo reír, hasta que su nueva pareja necesitó ayuda urgentemente.

Cuando por fin Sofía pudo visitarme, corrió directamente a su antigua habitación.

—¡Abuelita, ya tienes luz!

—Y también tengo timbre —respondí orgullosa.

La niña lo presionó cinco veces seguidas.

Nunca había escuchado un sonido tan bonito.

Después fui al SAT para registrar correctamente mi nueva actividad y poder entregar comprobantes a mis clientes.

Mandamos imprimir unos volantes sencillos:

«TERESA RAMÍREZ. SERVICIOS ELÉCTRICOS RESIDENCIALES. REVISIÓN, MANTENIMIENTO Y REPARACIONES. TRABAJO RESPONSABLE Y PRESUPUESTO POR ESCRITO».

Mateo colocó los anuncios cerca del mercado y en algunos negocios del barrio.

Al principio recibíamos una llamada cada tres o cuatro días.

Una señora necesitaba revisar un contacto que se calentaba.

Un matrimonio quería reemplazar una instalación deteriorada.

El dueño de una pequeña papelería necesitaba ordenar varios circuitos y solicitamos apoyo de un técnico con mayor experiencia.

Yo no aceptaba trabajos para los que no estuviera preparada.

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