El sábado que mi marido me abandonó por su amante, arrancó hasta el timbre de nuestra casa. “Todo esto lo instalé yo, así que me lo llevo”, gritó delante de los vecinos. Después de 39 años juntos, no le supliqué que volviera. A mis 61 años tomé una decisión que lo hizo reír, hasta que su nueva pareja necesitó ayuda urgentemente.

Ese mismo día llamé a Diego.

Cuando me vio por videollamada mostrando el documento, levantó los brazos.

—¡Eso, abuela! ¡Sabía que podías!

—Ahora me falta lo más difícil.

—¿Qué cosa?

—Conseguir clientes.

Diego sonrió.

—Para eso también tengo una idea.

Mateo fue el primero en ofrecerme ayuda.

Aunque las lesiones de su mano le impedían realizar ciertas tareas, conocía perfectamente los materiales y sabía organizar trabajos.

Además, conservaba contactos de antiguos compañeros de mantenimiento industrial.

—Yo puedo atender llamadas, hacer presupuestos y conseguir refacciones —me propuso—. Tú haces los trabajos que estés capacitada para realizar. Y para los más grandes buscamos apoyo profesional.

Acepté.

También contraté una revisión de toda la instalación de mi propia casa con mi instructora.

Quería que los circuitos quedaran seguros antes de considerar el asunto terminado.

Durante varios días trabajamos corrigiendo los daños que Jacinto había dejado.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *