Después de la muerte de mi madre, me quedé sin casa y seguí visitando el edificio donde crecí. “No mires atrás, ya vendiste”, me dijo la mujer que hizo el trato. Nunca le contesté. Una noche, el nuevo dueño bajó con el recetario que mamá había escondido en el trinchador. Al hablar de la escritura, su rostro cambió de golpe…

El lunes por la noche regresé al edificio de Santa Tere.

Esta vez no me detuve bajo la jacaranda.

Subí directamente al tercer piso.

Arturo abrió la puerta.

Su expresión se endureció al verme.

—Señora Elena, pensé que habíamos terminado con este asunto.

—Terminaremos cuando conozca la verdad.

Me observó unos segundos.

—Pase.

Entré en la cocina donde mi madre había preparado miles de comidas.

Todo estaba cambiado.

Gabinetes blancos. Una estufa moderna. Nuevos azulejos.

Solamente el marco de la ventana conservaba una pequeña marca donde mamá colgaba su trapo de cocina.

Respiré profundamente y extendí mis papeles sobre la mesa.

—No vine a pedirle que me devuelva el departamento, señor Arturo. Tampoco quiero su lástima. Vine porque alguien le está robando a usted también.

Le mostré el contrato de compraventa y el recibo que Claudia me hizo firmar.

Después, los números de las transferencias y las facturas de la constructora.

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