Después de la muerte de mi madre, me quedé sin casa y seguí visitando el edificio donde crecí. “No mires atrás, ya vendiste”, me dijo la mujer que hizo el trato. Nunca le contesté. Una noche, el nuevo dueño bajó con el recetario que mamá había escondido en el trinchador. Al hablar de la escritura, su rostro cambió de golpe…

Arturo leyó lentamente.

Primero frunció el ceño.

Después se quitó los lentes.

Finalmente levantó la mirada.

—¿Me está diciendo que Rogelio utilizó mi propia empresa para quedarse con ese dinero?

—Eso indican los registros. Además, su fábrica pagó 830 mil pesos por un techo que todavía tiene goteras.

—Pero Rogelio lleva quince años conmigo.

—Mi madre confió en Claudia durante quince minutos. A los dos nos costó demasiado.

Arturo guardó silencio.

Continué:

—Karen conoce el archivo. Los originales siguen allí, pero necesitan protegerlos antes de que desaparezcan.

Él se levantó, caminó hasta la ventana y apoyó ambas manos sobre el marco.

—Yo pensé que usted quería aprovecharse de mí.

—Lo sé.

—Le creí a Rogelio.

—También lo sé.

Se volvió hacia mí.

—Y permití que la humillaran.

Sentí un nudo en la garganta.

—Señor Arturo, mi madre murió sin saber que nos habían quitado más de un millón de pesos. No puedo cambiar eso. Pero todavía podemos impedir que sigan engañando a otras personas.

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