Después de la muerte de mi madre, me quedé sin casa y seguí visitando el edificio donde crecí. “No mires atrás, ya vendiste”, me dijo la mujer que hizo el trato. Nunca le contesté. Una noche, el nuevo dueño bajó con el recetario que mamá había escondido en el trinchador. Al hablar de la escritura, su rostro cambió de golpe…

Arturo tomó su teléfono.

Esa misma noche contactó al abogado de la empresa y solicitó preservar los registros contables.

También inició una denuncia ante el Ministerio Público.

A la mañana siguiente, Rogelio llegó a la fábrica y descubrió que le habían suspendido el acceso a las cuentas bancarias y a los sistemas financieros mientras se investigaban las irregularidades.

Intentó entrar en su oficina.

El personal de seguridad se lo impidió.

—¡Esta empresa funciona gracias a mí! —gritó.

Arturo apareció en el pasillo acompañado de su abogado.

—Entonces será muy fácil explicar dónde está mi dinero.

Rogelio me vio junto a Karen.

Su rostro se puso rojo.

—¡Ella hizo esto! ¡Esa mujer está obsesionada con su departamento!

Varios empleados salieron de sus oficinas.

Rogelio señaló a Karen.

—¡Y tú, desagradecida! ¡Yo te di trabajo cuando nadie te quería contratar!

Karen temblaba, pero esta vez no bajó la cabeza.

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