Después de la muerte de mi madre, me quedé sin casa y seguí visitando el edificio donde crecí. “No mires atrás, ya vendiste”, me dijo la mujer que hizo el trato. Nunca le contesté. Una noche, el nuevo dueño bajó con el recetario que mamá había escondido en el trinchador. Al hablar de la escritura, su rostro cambió de golpe…

—Usted me contrató para llevar la contabilidad, señor Rogelio. No para ayudarlo a esconder sus robos.

Fue la primera vez que escuché su voz tan firme.

Arturo dio un paso adelante.

—Elena me mostró hechos verificables. Usted solamente ha respondido con insultos.

Rogelio intentó reírse.

—¿Ahora le vas a creer a una mujer que se pasa las tardes parada debajo de tus ventanas?

Arturo lo miró sin pestañear.

—Ayer también estaba convencido de que ella mentía. Hoy quiero que un perito revise cada operación. Si tienes razón, los documentos lo demostrarán.

La sonrisa de Rogelio desapareció cuando el abogado mencionó que Claudia y él figuraban vinculados a los mismos movimientos financieros.

No volvió a pronunciar una palabra.

La investigación duró meses.

Fue más complicada de lo que imaginábamos.

Las autoridades examinaron los registros bancarios, identificaron a los beneficiarios de las transferencias y solicitaron información de las empresas involucradas.

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