Después de la muerte de mi madre, me quedé sin casa y seguí visitando el edificio donde crecí. “No mires atrás, ya vendiste”, me dijo la mujer que hizo el trato. Nunca le contesté. Una noche, el nuevo dueño bajó con el recetario que mamá había escondido en el trinchador. Al hablar de la escritura, su rostro cambió de golpe…

Descubrieron que Obras del Occidente utilizaba a un supuesto administrador que firmaba documentos a cambio de pequeños pagos.

También encontraron comunicaciones entre Rogelio y Claudia donde discutían la cantidad que debían entregarme y cómo justificar las diferencias.

Los mensajes demostraban que conocían perfectamente mi situación familiar.

Uno de Claudia me revolvió el estómago.

«La señora está desesperada. Si le decimos que el comprador se va, aceptará cualquier cantidad».

Tuve que leerlo varias veces.

Me acordé de aquella tarde en el hospital.

De la llamada.

De mis manos temblando mientras miraba la puerta de la habitación de mamá.

Para Claudia, mi dolor había sido una oportunidad de negocio.

Cuando finalmente compareció ante la autoridad judicial, intentó justificarse.

—Yo solamente seguía las indicaciones de mi hermano. No sabía que estaba haciendo algo malo.

Rogelio, por su parte, aseguró que todas las operaciones habían sido aprobadas.

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