Después de la muerte de mi madre, me quedé sin casa y seguí visitando el edificio donde crecí. “No mires atrás, ya vendiste”, me dijo la mujer que hizo el trato. Nunca le contesté. Una noche, el nuevo dueño bajó con el recetario que mamá había escondido en el trinchador. Al hablar de la escritura, su rostro cambió de golpe…

PARTE 2

—¿Un millón cincuenta mil pesos? —repetí, sin poder controlar la voz—. ¿Está seguro de esa cantidad?

—Tengo el contrato y los comprobantes de pago —respondió Arturo—. Pero antes de acusar a alguien, necesito revisar cómo se hizo la operación.

No me prometió devolverme nada. Tampoco intentó consolarme.

Solamente me pidió unos días.

A la mañana siguiente, interrogó a Rogelio Salcedo, su contador principal y hombre de confianza desde hacía quince años.

Fue Rogelio quien le recomendó comprar mi departamento como inversión para la empresa.

—Los agentes cobran comisiones, Arturo. No te metas en problemas ajenos —respondió cuando le preguntaron por la diferencia.

Arturo no quedó satisfecho.

Semanas después, su fábrica, Muebles Roble Real, solicitó un crédito para ampliar sus instalaciones. El banco exigió una auditoría independiente.

Por una coincidencia que terminaría cambiándonos la vida, contrataron al despacho donde yo trabajaba.

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