Después de la muerte de mi madre, me quedé sin casa y seguí visitando el edificio donde crecí. “No mires atrás, ya vendiste”, me dijo la mujer que hizo el trato. Nunca le contesté. Una noche, el nuevo dueño bajó con el recetario que mamá había escondido en el trinchador. Al hablar de la escritura, su rostro cambió de golpe…

Mi jefa, Patricia Ortega, me entregó el expediente.

—Es nuestro cliente más importante, Elena. Necesito que revises sus cuentas.

—Patricia, conozco al dueño. Compró el departamento de mi madre.

—Precisamente por eso sabes que debes ser imparcial. Haz tu trabajo.

Cuando llegué a la fábrica, Arturo me recibió con amabilidad.

Rogelio, en cambio, me examinó de arriba abajo.

—Miren nada más. La antigua propietaria ahora viene a revisar nuestras cuentas.

Varias empleadas soltaron risitas.

Me asignó un cuartito sin ventilación y comenzó a entregarme los documentos uno por uno, dificultando mi trabajo.

Pronto descubrí algo extraño.

La empresa había pagado 830 mil pesos a una constructora llamada Obras del Occidente para reparar el techo de una nave industrial.

Sin embargo, cuando visité el lugar, encontré cubetas debajo de las goteras.

—Aquí nadie ha reparado nada, licenciada —me aseguró un carpintero—. Llevamos años poniendo recipientes cada vez que llueve.

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