Después de la muerte de mi madre, me quedé sin casa y seguí visitando el edificio donde crecí. “No mires atrás, ya vendiste”, me dijo la mujer que hizo el trato. Nunca le contesté. Una noche, el nuevo dueño bajó con el recetario que mamá había escondido en el trinchador. Al hablar de la escritura, su rostro cambió de golpe…

Entonces comprendí la maniobra.

Rogelio había recomendado a Arturo comprar mi departamento. Claudia, su hermana, me presionó para venderlo por un precio muy inferior al real.

Mediante el poder que le otorgué, podía firmar la operación por mí.

La fábrica pagó el precio completo, pero utilizaron una empresa intermediaria para desviar parte del dinero.

A mí solamente me entregaron un millón trescientos cincuenta mil pesos.

Los hermanos se habían quedado con la diferencia.

Y para empeorar las cosas, Rogelio había aprovechado aquella misma red de empresas para facturar reparaciones y servicios que jamás se realizaron.

No era solamente un robo contra mí.

Estaban vaciando lentamente la fábrica de Arturo.

—Tenemos que denunciarlo —dijo Karen.

—Primero necesitamos asegurar los registros originales. Si Rogelio sabe que descubrimos todo, intentará destruirlos.

Durante el domingo preparé un informe con cada monto, fecha y referencia.

No había copiado documentos confidenciales nuevos ni sacado nada del archivo. Mi informe identificaba las operaciones que debían preservar y revisar las autoridades.

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