Después de la muerte de mi madre, me quedé sin casa y seguí visitando el edificio donde crecí. “No mires atrás, ya vendiste”, me dijo la mujer que hizo el trato. Nunca le contesté. Una noche, el nuevo dueño bajó con el recetario que mamá había escondido en el trinchador. Al hablar de la escritura, su rostro cambió de golpe…

Cuando le mostré las irregularidades del techo, Arturo respondió fríamente:

—Limítese a la auditoría, señora Elena. No confunda sus problemas personales con mis negocios.

Aquellas palabras me dolieron más de lo que esperaba.

—Esto también forma parte de su auditoría —contesté, dejando los documentos sobre su escritorio.

A la mañana siguiente, los contratos sospechosos habían desaparecido de mi oficina.

Rogelio reunió a los empleados.

—¡La auditora robó información confidencial! ¡Seguramente quiere extorsionarnos!

Arturo llamó a Patricia.

Horas después, mi propia jefa me retiró del proyecto y me mandó a casa.

—Lo siento, Elena. No puedo perder al cliente.

Salí de la fábrica bajo las miradas de todos.

Pero Rogelio había cometido un error.

Desde hacía treinta años, yo acostumbraba conservar copias de los documentos que revisaba profesionalmente. Tenía reproducciones de los contratos y de los comprobantes que él había hecho desaparecer.

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