Después de la muerte de mi madre, me quedé sin casa y seguí visitando el edificio donde crecí. “No mires atrás, ya vendiste”, me dijo la mujer que hizo el trato. Nunca le contesté. Una noche, el nuevo dueño bajó con el recetario que mamá había escondido en el trinchador. Al hablar de la escritura, su rostro cambió de golpe…

Abrí el recetario y, debajo de su última nota, escribí:

«Mamá, esta vez sí lo puse a 180 grados. Salió perfecto. Te extraño todos los días».

Después llevé una rebanada a la ventana.

La jacaranda seguía en el patio.

Debajo del árbol estaba Arturo.

Llevaba una camisa azul, un ramo de flores blancas y una sonrisa tímida.

Levantó la mirada.

Yo también sonreí.

Habíamos empezado siendo dos desconocidos unidos por una injusticia. Ahora éramos dos personas que comprendían lo que significaba perder un hogar.

Abrí la ventana.

—¡Arturo! ¿Quieres subir a probar el pan de elote?

Él levantó las flores.

—¡Solamente si prometes que esta vez no lo quemaste!

Solté una carcajada.

Y mientras lo veía caminar hacia la entrada, comprendí algo que mi madre había intentado enseñarme toda la vida.

El hogar no era solamente un departamento, ni un trinchador, ni siquiera aquellas ventanas que había mirado durante tantos meses con el corazón destrozado.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *