Era el amor que permanecía cuando todo lo demás desaparecía.
A los 54 años perdí a mi madre, mi casa y la confianza en muchas personas. Pero también descubrí que nunca es demasiado tarde para recuperar la dignidad, encontrar gente buena y comenzar otra vez.
Claudia y Rogelio pensaron que podían aprovecharse de una hija desesperada. Lo que nunca imaginaron fue que aquella mujer, a quien creyeron demasiado débil para defenderse, terminaría descubriendo sus mentiras y recuperando su vida.
Y hoy, cuando miro por la ventana, ya no tengo que pedirle perdón a mamá.
Solamente sonrío y le digo:
—Descansa tranquila, viejita. Esta vez sí cuidé nuestra casa.