Aquella primera noche caminé lentamente por cada habitación.
Las paredes estaban recién pintadas y los muebles tenían otra distribución.
Sin embargo, al entrar en la cocina, encontré la pequeña marca del clavo donde mamá colgaba su trapo.
Apoyé los dedos allí.
—Ya regresamos, mamá.
Mi voz tembló.
—Tardé mucho, pero regresamos.
A la mañana siguiente decidí preparar pan de elote.
Saqué el recetario del trinchador y busqué la receta.
La letra de mi madre seguía tan clara como siempre.
Mezclé los ingredientes, engrasé el molde y encendí el horno.
Por costumbre, estuve a punto de ponerlo a 220 grados.
Entonces recordé su nota.
«A 180, Elenita. No vuelvas a quemarlo por terca».
Me reí sola.
Bajé la temperatura.
Cuando saqué el pan, estaba perfectamente dorado.
Sin una sola parte quemada.
Probé un pedacito.
El sabor me llevó treinta años atrás, a las mañanas de domingo cuando mamá me despertaba diciendo que el desayuno estaba listo.