Después de la muerte de mi madre, me quedé sin casa y seguí visitando el edificio donde crecí. “No mires atrás, ya vendiste”, me dijo la mujer que hizo el trato. Nunca le contesté. Una noche, el nuevo dueño bajó con el recetario que mamá había escondido en el trinchador. Al hablar de la escritura, su rostro cambió de golpe…

Me mudé al departamento a principios de diciembre.

Doña Socorro me ayudó a guardar las últimas pertenencias.

Antes de despedirnos, me entregó un frasco de chiles en escabeche.

—Para que no se te olvide dónde tienes una amiga.

La abracé.

Al llegar al tercer piso, doña Ofelia me esperaba con un plato de buñuelos.

—¡Ay, Elena! ¡Si tu mamá pudiera verte entrando otra vez por esa puerta!

No pude contestarle.

Solamente la abracé también.

Arturo había restaurado el antiguo trinchador.

Lo llevó personalmente desde el taller de la fábrica.

Estaba precioso.

Las puertas cerraban perfectamente, la madera brillaba y los tiradores originales seguían en su sitio.

—Prometiste arreglar una bisagra —le dije.

—Empecé por la bisagra y luego me emocioné.

Reímos.

Pero lo más importante era que había conservado el doble fondo.

El escondite donde mamá guardó su último mensaje para mí.

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