Después de la muerte de mi madre, me quedé sin casa y seguí visitando el edificio donde crecí. “No mires atrás, ya vendiste”, me dijo la mujer que hizo el trato. Nunca le contesté. Una noche, el nuevo dueño bajó con el recetario que mamá había escondido en el trinchador. Al hablar de la escritura, su rostro cambió de golpe…

—Necesito a alguien que me diga la verdad, incluso cuando no quiera escucharla.

Acepté, pero puse dos condiciones.

La primera: contratar una auditoría externa permanente, con controles que ninguna persona pudiera manipular por sí sola.

La segunda: reparar inmediatamente el techo de la nave industrial.

—Y nada de facturas por trabajos imaginarios —advertí.

Arturo soltó una carcajada.

—Trato hecho.

Karen fue ascendida a contadora general.

Cuando se lo anunciamos, se tapó la boca con ambas manos.

—¿De verdad confían en mí?

—Más que eso —le respondí—. Te ganaste el puesto.

El techo quedó reparado antes de que empezaran las lluvias fuertes.

El carpintero que me había mostrado las goteras llevó las últimas cubetas al almacén.

—Ahora sí, licenciada. Ya podemos trabajar sin que nos llueva encima.

Aquellas palabras me hicieron sonreír.

Por primera vez en muchos meses, sentí que las cosas empezaban a acomodarse.

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