Él aportaría de sus propios recursos la diferencia necesaria para que la fábrica no asumiera la pérdida, y cubriría los costos correspondientes de la operación.
Quise protestar.
—Arturo, eso representa muchísimo dinero.
—Lo sé. Pero es mi decisión. Y tú vas a pagar el precio que acordemos, no vas a recibir una casa regalada.
Con los seiscientos mil pesos recuperados, un crédito hipotecario y mis ahorros, preparé un plan de pagos que podía cumplir.
Revisé cada cláusula del contrato.
Esta vez nadie me apresuró.
El día que firmé la escritura, sentí que una parte de mi vida regresaba a su lugar.
Al salir de la notaría, Arturo me preguntó:
—¿Y ahora qué vas a hacer?
—Buscar trabajo. No puedo pagar una hipoteca solamente con buenos deseos.
Se rio.
—Precisamente quería hablarte de eso.
Me ofreció dirigir las finanzas de Muebles Roble Real.